El colectivo estaba lleno de
gente, conversaciones sin sentido y ritmos que se colaban por mis auriculares.
Decidí bajarme antes de tiempo, unas tres paradas está bien, pensé. Cuando pisé
el cordón, me metí las manos en los bolsillos del buzo, como si fuera algo tan arraigado en mí, que no pudiese
dominarlo. Empecé a caminar por Avenida de Mayo mirando las copas de los
árboles y las cúpulas de los edificios, hasta que un brazo ajeno me detuvo
justo a tiempo en la primera esquina y me salvé de morir aplastada por un 17.
No le agradecí. Ni siquiera
llegué a verle la cara. Estaba en mi mundo, escuchando Drexler que me decía “duele
menos soltar la baranda y dejarse llevar” y entonces yo, simplemente flotaba por ahí. No era el
escenario más adecuado, mejor hubiese sido un auto, una ruta semi
desierta, mate en mano y mucho frío.
Perfecta combinación, pero nada de eso podía sucederme.
No sé manejar, ni soy copiloto de
nadie. Hace tiempo que no ando por rutas desiertas. La yerba aumentó, pero la
suplanto con mi colección de tecitos de yuyos sin problema. Y…¿el frío? Creo
que se lo robaron.
Estamos en otoño pero el frío se
esfumó. Me doy cuenta que mis manos están sudadas dentro de los bolsillos del
buzo, pero las dejo ahí. Sigo caminando y se entromete una conversación, dos
mujeres en un kiosco de diarios, hablan de la temperatura. Como siempre, la
gente encuentra en “el tiempo”, una forma de vincularse con extraños. Parece
como si necesitaran pensar que hay algo en común con ese otro, completamente intrascendente
y fugaz, con quien intercambian una o dos frases.
Vuelvo a concentrarme en lo mío,
o mejor dicho, a abstraerme de todo. Pienso que realmente alguien se llevó el
frío, nos robó el invierno y con él miles de imágenes repletas de melancolía.
Recuerdo aquella tarde helada. Mi
nariz y mis orejas coloradas, mis manos y pies muy fríos, y esa sensación de
entrar a tu casa y desnudarme frente a la estufa.
Tus brazos, rodeando mi cintura y
tus labios húmedos, cálidos, recorriendo cada milímetro de mis hombros hasta
llegar a mi nuca, donde desplegabas ese arte de dar pequeños pero intensos
mordiscos. Vos ya debés haberlo olvidado.
No pasó tanto tiempo, pero hoy lo
siento como una eternidad. ¿Qué nos pasó? ¿Cómo llegamos a convertirnos en dos
desconocidos? Quizás nos acostumbramos a la voracidad y velocidad de estos
tiempos, a llenarnos de sueños y expectativas que se destrozan al final del día
cuando se chocan con la puta realidad. O tal vez, simplemente nos robaron el
invierno y tras él se fueron los mejores momentos de nuestra historia, como las
hojas de los árboles que se arremolinan cuando surge un fuerte vendaval.