Fede estaba hacía más de tres horas en el bar de la esquina de la casa de su hermano tomando cerveza y hablando con el peruano de la caja. Estaba cansado, pero también ansioso. Sabía que tenía que volver a su casa porque Nati lo estaba esperando para cenar, pero no podía, no justo en ese momento.
Santiago llegó transpirado, pero con una sonrisa. Se sentó en la mesa y pidió otra cerveza. Mientras Fede empezaba a preguntarle si había hablado con el Turco y conseguido de la "rica", su hermano le tiró sobre la mesa tres pedacitos de papel metalizado. Fede los agarró y se fue al baño del fondo casi corriendo.
No había nadie, pero si hubiese habido alguien, no le hubiera importado. Secó la mesada de mármol con la manga del saco y abrió uno a uno, con mucha precisión, los sobres de merca. Se miró al espejo y se sonrió. Hasta se guiñó un ojo a sí mismo en forma cómplice. Sentía tanta excitación en todo su cuerpo que movía los pies casi involuntariamente. Extendió todo en la mesada prolijamente y con la credencial de la obra social peinó los tres tiros que iba a tomarse. Los aspiró muy concentrado y con tanta voracidad, que sólo al subir la cabeza notó que había un viejo mirándolo. Lo ignoró y pasó su dedo índice por el mármol y luego lo frotó en sus encías.
Volvió a la mesa.
- Es riquísima, Santi. El Turco se pasó. Llamalo y decile que nos traiga más. Este finde la pudrimos, nene!
- Pará boludo. Me dijiste que te ibas a cenar a tu casa. Yo arreglé con Andre que la llevaba al cine.
- Cena? Como si fuera a tener hambre?!?! Apago el celu y listo. Mañana aparezco con un regalo y Nati se olvida de todo. Dale gordo, llamalo al Turco.
9 de noviembre de 2012
3 de noviembre de 2012
El pequeño solitario
Rodrigo tiene 5 años, el pelo oscuro y roñoso, los ojos color café con una mirada triste. Tiene puesta una remerita roja con agujeros en las axilas y un pantalón que le queda corto y apretado. Sus manos negras llenas de mugre, al igual que sus pequeños pies descalzos sobre el pasillo atiborrado de gente en el segundo vagón de la línea E. Son las 18.30hs de un lunes frío en el julio porteño.
Rodrigo tiene 5 años y camina con su pequeño cuerpo entre los pasajeros. Les estira su mano e intenta regalarles un saludo canchero. A veces incluso, acerca su cara esperando un beso que casi nunca recibe. Trata de forzar una sonrisa, pero el cansancio de la jornada no se lo permite.
Rodrigo tiene 5 años y en el subte parece invisible. Los hombres y mujeres grises que vuelven a sus hogares, viajan como zombies. Hundidos en las páginas de un libro, perdidos en la música a todo volumen en sus grandes auriculares, inmersos en reparadoras siestas o estupidizados con sus celulares. Muchos, regresan pensando en el contenido de sus alacenas y heladeras para poder picar algo y aguantar hasta la cena.
Rodrigo tiene 5 años y sabe que a las 23hs., cuando se cierren las rejas de las salidas, va a tener que buscar un rincón donde esconderse del frío. Sus pies que pocas veces sintieron el calor de un par de medias, van a congelarse pateando las calles vacías. Supone que, como muchas otras noches, los dos viejos que duermen en la escalinata de la iglesia de Independencia y Tacuarí, lo van a dejar acurrucarse bajo una frazada vieja.
Rodrigo tiene 5 años y nunca fue al jardín. Conoce a pocos chicos de su edad, con los que habló un par de veces en el subte, mientras vendían hebillas o tarjetitas. A su papá no lo conoció y su mamá se murió el año pasado mientras fumaba paco en la calle. No sabe bien que fue lo que pasó. Recuerda que ella había empezado a toser y de pronto se detuvo. Lloró un rato a su lado pero no le respondía. Después pasaron unos pibes que les robaron el carro con el que cartoneaban y a partir de ahí se quedó solo.
Rodrigo tiene 5 años y no sabe a donde ir. Nadie lo busca, por eso nadie lo encuentra. A veces fantasea con tener una casa, un perro y a su mamá con él. Muchas noches al cerrar los ojos desea despertarse en un lugar calentito y que alguien le lleve un desayuno a su cama. Otras tantas, al dormirse, desea no despertarse nunca más.
Rodrigo tiene 5 años y camina con su pequeño cuerpo entre los pasajeros. Les estira su mano e intenta regalarles un saludo canchero. A veces incluso, acerca su cara esperando un beso que casi nunca recibe. Trata de forzar una sonrisa, pero el cansancio de la jornada no se lo permite.
Rodrigo tiene 5 años y en el subte parece invisible. Los hombres y mujeres grises que vuelven a sus hogares, viajan como zombies. Hundidos en las páginas de un libro, perdidos en la música a todo volumen en sus grandes auriculares, inmersos en reparadoras siestas o estupidizados con sus celulares. Muchos, regresan pensando en el contenido de sus alacenas y heladeras para poder picar algo y aguantar hasta la cena.
Rodrigo tiene 5 años y sabe que a las 23hs., cuando se cierren las rejas de las salidas, va a tener que buscar un rincón donde esconderse del frío. Sus pies que pocas veces sintieron el calor de un par de medias, van a congelarse pateando las calles vacías. Supone que, como muchas otras noches, los dos viejos que duermen en la escalinata de la iglesia de Independencia y Tacuarí, lo van a dejar acurrucarse bajo una frazada vieja.
Rodrigo tiene 5 años y nunca fue al jardín. Conoce a pocos chicos de su edad, con los que habló un par de veces en el subte, mientras vendían hebillas o tarjetitas. A su papá no lo conoció y su mamá se murió el año pasado mientras fumaba paco en la calle. No sabe bien que fue lo que pasó. Recuerda que ella había empezado a toser y de pronto se detuvo. Lloró un rato a su lado pero no le respondía. Después pasaron unos pibes que les robaron el carro con el que cartoneaban y a partir de ahí se quedó solo.
Rodrigo tiene 5 años y no sabe a donde ir. Nadie lo busca, por eso nadie lo encuentra. A veces fantasea con tener una casa, un perro y a su mamá con él. Muchas noches al cerrar los ojos desea despertarse en un lugar calentito y que alguien le lleve un desayuno a su cama. Otras tantas, al dormirse, desea no despertarse nunca más.
3 de octubre de 2012
El solitario
Estaba sentada del lado de la ventanilla, pero no sabía bien para donde mirar. El viejo estaba casi encima mío. Su aliento, profundamente desagradable.
No hacía falta que me dirigiera la palabra o que entornase la boca, con el sólo hecho de respirar me llegaba. Era ácido, penetrante.
Su hombro rozaba el mío con bastante sutileza. Su rodilla derecha se agitaba fuerte y persistente. Tenía las dos manos apoyadas sobre sus piernas, como intentando detener el movimiento.
En ese instante sentí un poco de lástima, o culpa, o una mezcla de ambas.
El viejo trataba de frenar ese zapateo esquizofrénico, y pobre...no lo lograba.
Lo miré de costadito. Sus ojos muy claros, casi nublados por una catarata y húmedos, como si estuviesen al borde del llanto.
Me imaginé que vivía solo, que hacía días que se conformaba con una sopa o un mate cocido y un pedazo de pan duro. Lo visualicé sentado en un sillón, esperando, en silencio con la mirada fija en un teléfono completamente enmudecido.
De pronto estiró su brazo y pude ver su mano arrugada, llena de manchas, con uñas largas y un poco sucias.
Tocó el timbre, se levantó torpemente y empujando a quienes le obstruían el paso, logró bajar del colectivo.
Yo, para ese momento, ya me había olvidado el aroma de su aliento y el temblequeo de sus piernas. Yo, en ese momento, sólo quería darle un abrazo y decirle que pese a todo, no estaba solo.
No hacía falta que me dirigiera la palabra o que entornase la boca, con el sólo hecho de respirar me llegaba. Era ácido, penetrante.
Su hombro rozaba el mío con bastante sutileza. Su rodilla derecha se agitaba fuerte y persistente. Tenía las dos manos apoyadas sobre sus piernas, como intentando detener el movimiento.
En ese instante sentí un poco de lástima, o culpa, o una mezcla de ambas.
El viejo trataba de frenar ese zapateo esquizofrénico, y pobre...no lo lograba.
Lo miré de costadito. Sus ojos muy claros, casi nublados por una catarata y húmedos, como si estuviesen al borde del llanto.
Me imaginé que vivía solo, que hacía días que se conformaba con una sopa o un mate cocido y un pedazo de pan duro. Lo visualicé sentado en un sillón, esperando, en silencio con la mirada fija en un teléfono completamente enmudecido.
De pronto estiró su brazo y pude ver su mano arrugada, llena de manchas, con uñas largas y un poco sucias.
Tocó el timbre, se levantó torpemente y empujando a quienes le obstruían el paso, logró bajar del colectivo.
Yo, para ese momento, ya me había olvidado el aroma de su aliento y el temblequeo de sus piernas. Yo, en ese momento, sólo quería darle un abrazo y decirle que pese a todo, no estaba solo.
Dudaba. Daba vueltas y hacía
girar la silla. Pensaba que después de esos círculos, de la velocidad y del
mareo, algo le aparecería frente a sus ojos milagrosamente.
De pronto se detuvo. Sus pies
rozaron el piso. Sintió un escalofrío. Caminó hasta la mesa de luz y se puso un
par de medias.
Volvió al escritorio silbando un
viejo tema que había escuchado esa mañana en la radio. Al sentarse de nuevo, se
distrajo con un sonido que venía de la ventana. Un gato rasgada el vidrio
intentando entrar.
Miró el monitor. El cursor seguía
titilando en el mismo lugar. La hoja en blanco. Nada se le ocurría y comenzó a
sentir que el fin de su carrera se aproximaba.
Sorpresivamente recordó que en el
altillo aún guardaba algunos recuerdos de aquel taller de escritura al que sus
padres lo habían obligado a ir cuando era un niño.
Fue tras ellos. Buscó la llave,
subió la escalera saltando de a 3 o 4 escalones. El altillo estaba oscuro, pero
alcanzó a ver la caja de zapatos donde había guardado esas herramientas.
La abrió y tomó el dixit. Seguro
que con eso iba a poder empezar a escribir su novela.
22 de septiembre de 2012
Tormenta
Jueves. 2am. Leandro dormía enroscado en una sábana finita en su pequeña cama de una plaza. Se había ido a dormir después de cenar, con el ventilador de techo encendido y la ventana semi abierta. Hacía muchísimo calor, seguramente más de 35°. Una botella de agua mineral sin tapa y casi terminada, estaba al alcance su su mano en la mesa de luz.
Entre sus sueños, oyó un fuerte estruendo. Se sobresaltó y abrió los ojos. La oscuridad de la noche se había transformado en un cielo medio anaranjado con remolinos de viento que azotaban su persiana de chapa.
Se asomó por la ventana y se dio cuenta que había empezado a llover. Había muchísimos relámpagos. Sería una linda madrugada eléctrica.
Cerró un poco la ventana para que no se le mojaran los libros que tenía sobre la mesa y se sintió desvelado.
En la cocina preparó unos mates y prendió la radio. La señal era deficiente, así que decidió poner un cd de una banda metalera que le gustaba mucho y se sentó a disfrutar el espectáculo de luces que vería desde su ventana, mientras disfrutaba unos amargos.
Al cabo de unos quince minutos, la lluvia se hizo mucho más intensa. Los relámpagos se alternaban con truenos que más de una vez lo hicieron saltar de su silla.
De pronto se descubrió hablando en voz alta: "si sigue así, se va a caer el cielo". Cuando volvió del brevísimo pestañeo notó algo distinto en el paisaje.
Asomó la mitad de su cuerpo por la ventana y al mirar hacia arriba vio que ya no había luna, ni nubes, ni estrellas, ni lluvia, sino una gran inmensidad...
Como si su pensamiento hubiese cobrado vida, el cielo se había caído y se había llevado con él todas las constelaciones que lo adornaban.
Entre sus sueños, oyó un fuerte estruendo. Se sobresaltó y abrió los ojos. La oscuridad de la noche se había transformado en un cielo medio anaranjado con remolinos de viento que azotaban su persiana de chapa.
Se asomó por la ventana y se dio cuenta que había empezado a llover. Había muchísimos relámpagos. Sería una linda madrugada eléctrica.
Cerró un poco la ventana para que no se le mojaran los libros que tenía sobre la mesa y se sintió desvelado.
En la cocina preparó unos mates y prendió la radio. La señal era deficiente, así que decidió poner un cd de una banda metalera que le gustaba mucho y se sentó a disfrutar el espectáculo de luces que vería desde su ventana, mientras disfrutaba unos amargos.
Al cabo de unos quince minutos, la lluvia se hizo mucho más intensa. Los relámpagos se alternaban con truenos que más de una vez lo hicieron saltar de su silla.
De pronto se descubrió hablando en voz alta: "si sigue así, se va a caer el cielo". Cuando volvió del brevísimo pestañeo notó algo distinto en el paisaje.
Asomó la mitad de su cuerpo por la ventana y al mirar hacia arriba vio que ya no había luna, ni nubes, ni estrellas, ni lluvia, sino una gran inmensidad...
Como si su pensamiento hubiese cobrado vida, el cielo se había caído y se había llevado con él todas las constelaciones que lo adornaban.
27 de junio de 2012
Blue moon
Era de noche, pero yo no me podía
dormir. Decidí salir a dar unas vueltas y tomar algo. Cerca de casa había un
bar al que nunca había ido, pero me daba curiosidad. Siempre veía gente un poco
extraña.
Llegué a la puerta y entré. Había
bastante gente. Caminé entre las mesas hasta la barra y me pedí un campari. Al
lado mío, un hombre con rostro sombrío y preocupado revolvía con el dedo índice
su whisky on the rocks.
Intentando no ser grosera lo miré
de reojo y noté que debajo del sobretodo, tenía un traje a rayas y unas
zapatillas deportivas. Sonreí sin proponérmelo y él lo notó. Me clavó unos ojos
desafiantes y cuando pensé que iba a insultarme, me dijo: “Sí, soy algo raro,
pero no tanto”.
Empezamos a charlar y sus
facciones se fueron aflojando de a poco. Me contó que era dueño de una empresa
de calzado y que acababa de salir de una reunión muy importante con
inversionistas extranjeros.
Su intención había sido, exhibir
delante de todos ellos, las cualidades del nuevo lanzamiento, pero a los
japoneses, no les había gustado que entrara corriendo a la sala de reuniones y
que explicara todo saltando en una pequeña cama elástica.
A mí, que siempre había trabajado
en la juguetería de mi abuelo, su historia me pareció muy divertida.
Nos invitamos mutuamente un par
más de tragos, hasta que nos dieron unas irresistibles ganas de trotar.
Salimos del bar y después de una
caminata rápida para entrar en calor, llegamos al Rosedal, donde corrimos y nos
reímos a carcajadas hasta que amaneció.
Nos acostamos en el paso a
descansar y nos hundimos en un cálido sueño gracias a los rayos del sol.
No sé cuánto tiempo pasó, pero al
abrir los ojos, sólo tenía al lado mío, un par de zapatillas, una flor y una
nota con un número de telefóno.
Agarré todo, me sacudí los restos
de pasto que se me habían pegado en la ropa y me fui silbando “blue moon”
mientras daba unos saltitos al estilo Fred Astaire.
23 de junio de 2012
Sábado 1° de octubre de 2011: Un giorno típicamente italiano.
Me
desperté a las 7am sin necesidad de despertador. La cama gigante del Hotel Grillo de 4
estrellas en Amendolara, Calabria, me devolvió un cuerpo descansado y listo
para un día que prometía ser muy emotivo.
Mi habitación en el primer piso, tenía balcón hacia el mar Jónico. Me senté a contemplar el amanecer, todo era increíble, casi perfecto.
Mi habitación en el primer piso, tenía balcón hacia el mar Jónico. Me senté a contemplar el amanecer, todo era increíble, casi perfecto.
Bajé
a desayunar al restaurant del hotel, donde me encontré a Mario y Federico.
Dueño del hotel y su hijo, quienes me trataron muy bien desde el momento en que
llegué. Incluso, ellos me habían gestionado que a las 10 de la mañana alguien
pasara por mí, para llevarme a conocer el pueblo.
Amendolara
tenía dos partes. Amendolara marina y montagna (o paese). El hotel estaba sobre
la ruta, casi al final de la parte Marina. El Paese quedaba a unos 4 km. hacia
arriba y no había ni taxis, ni colectivos que pudieran llevarme.
Por
eso, a las 10 en punto, un auto pasó a buscarme. Pietro, hermano del
intendente, iba a ser mi guía durante el recorrido.
Ni
bien subí al auto, noté su mirada libidinosa, al compás de una incómoda pregunta:
¿Cómo puede ser que una chica tan linda está viajando sola? En ese momento me
di cuenta que mi día iba a ser un infierno, pero tenía que resistir, aprovechar
el paseo, conocer todo lo que pudiese, ser educada y agradecida.
Pietro,
tenía alrededor de 40 años y era un verdadero mamonni. Antes de empezar el
recorrido, me llevó a un bar frente a la estación de tren. Allí, estaban todos
sus amigos, tomamos un ristretto en la barra, mientras se pavoneaba mostrándome
como un trofeo. Eso me incomodó un poco, pero rápidamente entendí no sólo la
naturaleza masculina, sino también la dinámica de un pueblo en mitad de la nada.
Mi
italiano no era excelente, pero ya cargaba sobre mis hombros casi un mes recorriendo
Italia, con lo cual lograba
desenvolverme bastante bien. Mi nombre se había transformado sencillamente en
María desde que había pisado Milano. Era mucho más fácil para todos.
Volvimos
al auto, y llegamos al pueblo, sobre la montaña. Las calles empedradas, casi no
tenían vereda. La mayoría de las casas eran de ladrillo, o pintadas de blanco
con escaleras y barandas de metal negras que guiaban hasta la puerta, que en la
mayoría de los casos estaba un poco elevada.
De
pronto, como por casualidad, nos encontramos con el hermano de Pietro, o sea
con el Síndaco del pueblo. Nos explicó que el Monasterio estaba cerrado porque
estaban haciendo ciertas refacciones, pero que por mí haría una excepción, y
nos facilitó las llaves con la consigna de no demorar demasiado.
Entramos
y se notaba claramente que estaban remodelando o haciendo algo ahí. Aunque ni
las iglesias ni los monasterios fueran algo que particularmente me emocionara,
en ese momento me sentí dentro de aquellas historias que el abuelo me contaba,
y eso lo hacía especial.
Luego,
caminamos por las pequeñas callecitas hasta la iglesia de Santa Margherita.
Ahí, estaban preparando un casamiento, todo lleno de flores y hasta el coro
estaba ensayando. Seguimos caminando, y nos detuvimos en la capilla que siempre
veía en el cuadro que el abuelo tenía colgado en el living de su departamento.
Esa imagen que prometió que sería mía cuando él ya no pudiese verla ni
disfrutarla.
Al
costado de la iglesia, un balcón natural desde donde podía verse todo un valle,
la montaña y el mar, tal como Giuseppino lo había descripto miles de veces.
Después
de pasear a pie por el pueblo, saludar gente y sentirme como en casa, volvimos
al auto y Pietro me dijo que me iba a llevar a conocer Oriolo, el pueblo de su
madre que estaba muy cerca.
Antes
de llegar, pasamos por una especie de parque nacional, en el medio de las
montañas, no había absolutamente nadie. En la ruta, Pietro ponía música a todo
volumen y me contaba historias de su época de dj en Ibiza. Por unos minutos me
sentí en una película de terror. Hasta temí que como nadie sabía de mi
existencia allí, podía llegar a abusar de mí, descuartizarme y fin de la
historia. Pero rápidamente mi paranoia cedió ante el paisaje y me dejé llevar.
Llegamos
a Oriolo, un pueblo del mismo estilo que Amendolara, aunque más laberíntico. En
la iglesia, otro casamiento. No entendía porque tanta gente cometía esa locura,
tal vez era una señal, un recordatorio, o simplemente algo que aparecía frente
a mis ojos para que yo reflexionara un poco sobre mi historia.
Allí
conocimos también una especie de palacio/museo donde el Mamonni inventó una
historia acerca de que estábamos casados, vivíamos en Argentina y que estábamos
recorriendo los pueblos de nuestros antepasados. Stronzo! Por suerte, la mujer
lo reconoció, aceptamos la verdad, pero de todos modos no nos dejaron pagar la
entrada y me saqué fotos en cada rincón como si fuera mi casa y no un museo.
En
el camino de regreso, nos detuvimos en otro bar, donde Pietro también tenía
amigos y nos tomamos un aperitivo sin alcohol que venía en una simpática
botellita de vidrio.
Volvimos
a Amendolara y disfruté de un típico pranzo italiano en la casa de María, la
responsable del mamonni. Fue imposible explicar que era vegetariana o que
simplemente no comía demasiado. Tuve que probar el antipasto, compuesto por
papas fritas, salamín, queso, pan y pizza, comer todo mi plato de pasta con
cozze (que no me gustaba!) y dejar la mitad del plato principal que era un bife
con peperoncino. Tampoco pude evitar la pera de postre, el ristretto e i dolci.
Cuando
pensé que había logrado sortear con gran destreza todos los obstáculos que un
hombre desesperado había puesto incansablemente en el camino, descubrí que
estaba sentada en el living de esa casa típicamente italiana sola con María,
charlando casi fluidamente en italiano.
De
pronto, la voz de Pietro llamándome llegó desde la primer planta. Miré a su
madre desconcertada que me dijo con total naturalidad que si su hijo me llamaba
debía subir.
Llegué
al descanso de la escalera y me detuve. La voz del mamonni salía de la primer
puerta. Entré. Allí, me esperaba una gran habitación, con un gran lcd, un
pequeño y antiguo armario, un cuadro de Pietro cuando era chico con su padre y
un perro, un poster de Bruce Lee, otro de una chica en traje de baño y uno que
no recuerdo si era de futbol o de automovilismo.
Pero
aún faltaba más para que esa escena fuera sacada de una película de los años 50
en el sur de Italia. Pietro se había tirado en su cama diminuta con el control
remoto en la mano, y creyendo tal vez que resultaba sexy, me preguntaba si me
gustaba su habitación.
Me
dirigí al balcón que estaba abierto de par en par y por donde entraba un cálido
sol, como intentando escapar de aquella situación, pero sin correr despavorida
para no ser del todo grosera. Se acercó a mí y antes de que diese el zarpazo,
le pedí que me llevara al hotel ya que estaba muy cansada y quería dormir una
siesta.
Accedió
a regañadientes pero me ofreció buscarme en la noche para ir a cenar. Le
expliqué que por la tarde iría a visitar a Pepe (primo de mi abuelo) y que no
sabía si cenaría con él y su esposa.
Me
despedí de su madre y le agradecí por la comida y el hecho de haberme abierto
las puertas de su casa tan cariñosamente. En el camino hacia el hotel, Pietro
me pidió que lo acompañase a otro lado.
Se
detuvo en una pequeña casa, estilo quinta, en medio de la nada. Me explicó que
allí tenía a su perro, un labrador negro que su madre no quería cuidar, y que
entonces él lo visitaba ahí varias veces al día. De nuevo temí por mi vida.
Claramente era una variante del bulo porteño, pero notó mi incomodidad, con lo
cual agarró al perro y anduvimos con él un rato por el camino.
En
esa caminata, me pidió que hablásemos claramente; pero, si por lo general es
algo difícil de encarar, imagínense lo que cuesta hacerlo en otro idioma. Me
preguntó porqué yo no quería darle una oportunidad, si era que no me había
sucedido eso que habitualmente se conocía como “amor a primera vista”. Le
expliqué, como pude, luego de echar una puteada en argento al aire, que tal vez
era un poco eso y para reforzar la idea le inventé una supuesta historia que me
esperaba en Buenos Aires. Quise ser sutil, educada, pero casi que me arrastró a
convertirme en una persona cruel y desalmada.
Después
de un rato, pensé que lo había entendido y, previo error de darle mi número de
teléfono ante su pedido, me dejó en el hotel.
Ciertamente,
llegué y dormí una siesta. Pero estaba muy ansiosa por visitar a Pepe y Elda,
antes de irme de aquel maravilloso pueblo.
Al
llegar a la casa de los Palermo. Pude ver que estaban sentados en el balcón
jugando a las cartas. Me recibieron con una sonrisa y una abrazo afectuoso.
Tomamos café, comimos unas galletitas dulces, miramos fotos y escuché miles de
historias que me enternecían de punta a punta. Me contó anécdotas de su vida,
de la familia y sobre todo, me habló del mes que mi abuelo se había alojado en
su casa, y de todas las cosas que habían compartido. Se notaba cuanto se
querían y cuanto se extrañaban.
Anocheció
y sentí que era momento de irme. Pepe estaba muy cansado. Por lo general pasaba
el día entero en la cama y estos, habían sido días muy intensos.
Cuando
nos saludamos, nos fundimos en un abrazo que no pudo terminar de otra manera
que con lágrimas. No era tristeza, tal vez simplemente un poco de melancolía.
Esa melancolía que siempre noté en los ojos de mi abuelo, ese desarraigo
sentido, ese extrañar, añorar, querer volver al origen.
Volví
al hotel caminando lentamente. Me senté un largo rato en la playa, dejando que
la brisa secara mis lágrimas. La luna iluminaba todo, era un espectáculo
indescriptible. Pensaba en Giuseppino y me preguntaba dónde estaría realmente
en ese momento. ¿Estaría en esa fría sala de terapia intensiva donde cuatro
sábados atrás me había despedido de su cuerpo inconsciente? O ¿estaba allí,
conmigo, sentado sobre las rocas de las playas que lo vieron crecer?
Yo, preferí pensar que estaba ahí. Que me había acompañado durante todo mi viaje por su país, y que ahí se quedaba. Mi viaje no terminaba en Amendolara, pero sentí que el suyo sí, y aún con toda la tristeza por temer no verlo más, estaba satisfecha. De algún modo, lo había devuelto a su lugar.
Yo, preferí pensar que estaba ahí. Que me había acompañado durante todo mi viaje por su país, y que ahí se quedaba. Mi viaje no terminaba en Amendolara, pero sentí que el suyo sí, y aún con toda la tristeza por temer no verlo más, estaba satisfecha. De algún modo, lo había devuelto a su lugar.
9 de junio de 2012
Escribir hoy es sambullirme en el mar más profundo del mundo en un día de tormenta.
Es tratar de resistir los impulsos más lamentables y a la vez propulsarlos.
Es como caminar descalza sobre carbones encendidos.
Es evitar anesteciarme pero obligarme a no pensar.
Hoy, una vez más, cae frente a mis ojos, la realidad
tal como debería haberla visto desde un principio.
El desengaño, no es otra cosa que un dolor muy intenso,
pero que finalmente desaparece.
Hoy, ya no lloro. Mis ojos están secos.
Por dentro, todo se conmueve, se revoluciona.
Por dentro, cada partícula busca un nuevo espacio...
para reinventarse.
Es tratar de resistir los impulsos más lamentables y a la vez propulsarlos.
Es como caminar descalza sobre carbones encendidos.
Es evitar anesteciarme pero obligarme a no pensar.
Hoy, una vez más, cae frente a mis ojos, la realidad
tal como debería haberla visto desde un principio.
El desengaño, no es otra cosa que un dolor muy intenso,
pero que finalmente desaparece.
Hoy, ya no lloro. Mis ojos están secos.
Por dentro, todo se conmueve, se revoluciona.
Por dentro, cada partícula busca un nuevo espacio...
para reinventarse.
21 de mayo de 2012
Nos robaron el invierno
El colectivo estaba lleno de
gente, conversaciones sin sentido y ritmos que se colaban por mis auriculares.
Decidí bajarme antes de tiempo, unas tres paradas está bien, pensé. Cuando pisé
el cordón, me metí las manos en los bolsillos del buzo, como si fuera algo tan arraigado en mí, que no pudiese
dominarlo. Empecé a caminar por Avenida de Mayo mirando las copas de los
árboles y las cúpulas de los edificios, hasta que un brazo ajeno me detuvo
justo a tiempo en la primera esquina y me salvé de morir aplastada por un 17.
No le agradecí. Ni siquiera
llegué a verle la cara. Estaba en mi mundo, escuchando Drexler que me decía “duele
menos soltar la baranda y dejarse llevar” y entonces yo, simplemente flotaba por ahí. No era el
escenario más adecuado, mejor hubiese sido un auto, una ruta semi
desierta, mate en mano y mucho frío.
Perfecta combinación, pero nada de eso podía sucederme.
No sé manejar, ni soy copiloto de
nadie. Hace tiempo que no ando por rutas desiertas. La yerba aumentó, pero la
suplanto con mi colección de tecitos de yuyos sin problema. Y…¿el frío? Creo
que se lo robaron.
Estamos en otoño pero el frío se
esfumó. Me doy cuenta que mis manos están sudadas dentro de los bolsillos del
buzo, pero las dejo ahí. Sigo caminando y se entromete una conversación, dos
mujeres en un kiosco de diarios, hablan de la temperatura. Como siempre, la
gente encuentra en “el tiempo”, una forma de vincularse con extraños. Parece
como si necesitaran pensar que hay algo en común con ese otro, completamente intrascendente
y fugaz, con quien intercambian una o dos frases.
Vuelvo a concentrarme en lo mío,
o mejor dicho, a abstraerme de todo. Pienso que realmente alguien se llevó el
frío, nos robó el invierno y con él miles de imágenes repletas de melancolía.
Recuerdo aquella tarde helada. Mi
nariz y mis orejas coloradas, mis manos y pies muy fríos, y esa sensación de
entrar a tu casa y desnudarme frente a la estufa.
Tus brazos, rodeando mi cintura y
tus labios húmedos, cálidos, recorriendo cada milímetro de mis hombros hasta
llegar a mi nuca, donde desplegabas ese arte de dar pequeños pero intensos
mordiscos. Vos ya debés haberlo olvidado.
No pasó tanto tiempo, pero hoy lo
siento como una eternidad. ¿Qué nos pasó? ¿Cómo llegamos a convertirnos en dos
desconocidos? Quizás nos acostumbramos a la voracidad y velocidad de estos
tiempos, a llenarnos de sueños y expectativas que se destrozan al final del día
cuando se chocan con la puta realidad. O tal vez, simplemente nos robaron el
invierno y tras él se fueron los mejores momentos de nuestra historia, como las
hojas de los árboles que se arremolinan cuando surge un fuerte vendaval.
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