22 de septiembre de 2012

Tormenta

Jueves. 2am. Leandro dormía enroscado en una sábana finita en su pequeña cama de una plaza. Se había ido a dormir después de cenar, con el ventilador de techo encendido y la ventana semi abierta. Hacía muchísimo calor, seguramente más de 35°. Una botella de agua mineral sin tapa y casi terminada, estaba al alcance su su mano en la mesa de luz.
Entre sus sueños, oyó un fuerte estruendo. Se sobresaltó y abrió los ojos. La oscuridad de la noche se había transformado en un cielo medio anaranjado con remolinos de viento que azotaban su persiana de chapa.
Se asomó por la ventana y se dio cuenta que había empezado a llover. Había muchísimos relámpagos. Sería una linda madrugada eléctrica.
Cerró un poco la ventana para que no se le mojaran los libros que tenía sobre la mesa y se sintió desvelado.
En la cocina preparó unos mates y prendió la radio. La señal era deficiente, así que decidió poner un cd de una banda metalera que le gustaba mucho y se sentó a disfrutar el espectáculo de luces que vería desde su ventana, mientras disfrutaba unos amargos.
Al cabo de unos quince minutos, la lluvia se hizo mucho más intensa. Los relámpagos se alternaban con truenos que más de una vez lo hicieron saltar de su silla.
De pronto se descubrió hablando en voz alta: "si sigue así, se va a caer el cielo". Cuando volvió del brevísimo pestañeo notó algo distinto en el paisaje.
Asomó la mitad de su cuerpo por la ventana y al mirar hacia arriba vio que ya no había luna, ni nubes, ni estrellas, ni lluvia, sino una gran inmensidad...
Como si su pensamiento hubiese cobrado vida, el cielo se había caído y se había llevado con él todas las constelaciones que lo adornaban.