Mi cuerpo frágil se acurruca en un oscuro rincón.
Los pequeños y débiles rayos de luz intentan alcanzarme.
Me escabullo, me silencio, casi ni respiro.
La soledad de la habitación me aplasta, me hunde, y siento miedo.
Todo puede pasar. Cualquier suceso puede ponerme en peligro.
De pronto, la cortina cae pesada sobre el piso de parquet.
El sol inunda todo a mi alrededor.
Siento un tibio calor, un cosquilleo.
Te veo. Sonrío.
Estás ahí, del otro lado de la ventana; observándome, deseándome.
Extendés tu mano y lentamente salgo de mí.
Camino hacia donde estás y tus brazos me rodean.
Ya no siento temor.
Creo que estoy allí; donde siempre quise.