9 de noviembre de 2012

Un comienzo violento

Fede estaba hacía más de tres horas en el bar de la esquina de la casa de su hermano tomando cerveza y hablando con el peruano de la caja. Estaba cansado, pero también ansioso. Sabía que tenía que volver a su casa porque Nati lo estaba esperando para cenar, pero no podía, no justo en ese momento.
Santiago llegó transpirado, pero con una sonrisa. Se sentó en la mesa y pidió otra cerveza. Mientras Fede empezaba a preguntarle si había hablado con el Turco y conseguido de la "rica", su hermano le tiró sobre la mesa tres pedacitos de papel metalizado. Fede los agarró y se fue al baño del fondo casi corriendo.
No había nadie, pero si hubiese habido alguien, no le hubiera importado. Secó la mesada de mármol con la manga del saco y abrió uno a uno, con mucha precisión, los sobres de merca. Se miró al espejo y se sonrió. Hasta se guiñó un ojo a sí mismo en forma cómplice. Sentía tanta excitación en todo su cuerpo que movía los pies casi involuntariamente. Extendió todo en la mesada prolijamente y con la credencial de la obra social peinó los tres tiros que iba a tomarse. Los aspiró muy concentrado y con tanta voracidad, que sólo al  subir la cabeza notó que había un viejo mirándolo. Lo ignoró y pasó su dedo índice por el mármol y luego lo frotó en sus encías.
Volvió a la mesa.
- Es riquísima, Santi. El Turco se pasó. Llamalo y decile que nos traiga más. Este finde la pudrimos, nene!
- Pará boludo. Me dijiste que te ibas a cenar a tu casa. Yo arreglé con Andre que la llevaba al cine.
- Cena? Como si fuera a tener hambre?!?! Apago el celu y listo. Mañana aparezco con un regalo y Nati se olvida de todo. Dale gordo, llamalo al Turco.

3 de noviembre de 2012

El pequeño solitario

Rodrigo tiene 5 años, el pelo oscuro y roñoso, los ojos color café con una mirada triste. Tiene puesta una remerita roja con agujeros en las axilas y un pantalón que le queda corto y apretado. Sus manos negras llenas de mugre, al igual que sus pequeños pies descalzos sobre el pasillo atiborrado de gente en el segundo vagón de la línea E. Son las 18.30hs de un lunes frío en el julio porteño.
Rodrigo tiene 5 años y camina con su pequeño cuerpo entre los pasajeros. Les estira su mano e intenta regalarles un saludo canchero. A veces incluso, acerca su cara esperando un beso que casi nunca recibe. Trata de forzar una sonrisa, pero el cansancio de la jornada no se lo permite.
Rodrigo tiene 5 años y en el subte parece invisible. Los hombres y mujeres grises que vuelven a sus hogares, viajan como zombies. Hundidos en las páginas de un libro, perdidos en la música a todo volumen en sus grandes auriculares, inmersos en reparadoras siestas o estupidizados con sus celulares. Muchos, regresan pensando en el contenido de sus alacenas y heladeras para poder picar algo y aguantar hasta la cena.
Rodrigo tiene 5 años y sabe que a las 23hs., cuando se cierren las rejas de las salidas, va a tener que buscar un rincón donde esconderse del frío. Sus pies que pocas veces sintieron el calor de un par de medias, van a congelarse pateando las calles vacías. Supone que, como muchas otras noches, los dos viejos que duermen en la escalinata de la iglesia de Independencia y Tacuarí, lo van a dejar acurrucarse bajo una frazada vieja.
Rodrigo tiene 5 años y nunca fue al jardín. Conoce a pocos chicos de su edad, con los que habló un par de veces en el subte, mientras vendían hebillas o tarjetitas. A su papá no lo conoció y su mamá se murió el año pasado mientras fumaba paco en la calle. No sabe bien que fue lo que pasó. Recuerda que ella había empezado a toser y de pronto se detuvo. Lloró un rato a su lado pero no le respondía. Después pasaron unos pibes que les robaron el carro con el que cartoneaban y a partir de ahí se quedó solo.
Rodrigo tiene 5 años y no sabe a donde ir. Nadie lo busca, por eso nadie lo encuentra. A veces fantasea con tener una casa, un perro y a su mamá con él. Muchas noches al cerrar los ojos desea despertarse en un lugar calentito y que alguien le lleve un desayuno a su cama. Otras tantas, al dormirse, desea no despertarse nunca más.