3 de octubre de 2012

El solitario

Estaba sentada del lado de la ventanilla, pero no sabía bien para donde mirar. El viejo estaba casi encima mío. Su aliento, profundamente desagradable.
No hacía falta que me dirigiera la palabra o que entornase la boca, con el sólo hecho de respirar me llegaba. Era ácido, penetrante.
Su hombro rozaba el mío con bastante sutileza. Su rodilla derecha se agitaba fuerte y persistente. Tenía las dos manos apoyadas sobre sus piernas, como intentando detener el movimiento.
En ese instante sentí un poco de lástima, o culpa, o una mezcla de ambas.
El viejo trataba de frenar ese zapateo esquizofrénico, y pobre...no lo lograba.
Lo miré de costadito. Sus ojos muy claros, casi nublados por una catarata y húmedos, como si estuviesen al borde del llanto.
Me imaginé que vivía solo, que hacía días que se conformaba con una sopa o un mate cocido y un pedazo de pan duro.  Lo visualicé sentado en un sillón, esperando, en silencio con la mirada fija en un teléfono completamente enmudecido.
De pronto estiró su brazo y pude ver su mano arrugada, llena de manchas, con uñas largas y un poco sucias.
Tocó el timbre, se levantó torpemente y empujando a quienes le obstruían el paso, logró bajar del colectivo.
Yo, para ese momento, ya me había olvidado el aroma de su aliento y el temblequeo de sus piernas. Yo, en ese momento, sólo quería darle un abrazo y decirle que pese a todo, no estaba solo.

Dudaba. Daba vueltas y hacía girar la silla. Pensaba que después de esos círculos, de la velocidad y del mareo, algo le aparecería frente a sus ojos milagrosamente.
De pronto se detuvo. Sus pies rozaron el piso. Sintió un escalofrío. Caminó hasta la mesa de luz y se puso un par de medias.
Volvió al escritorio silbando un viejo tema que había escuchado esa mañana en la radio. Al sentarse de nuevo, se distrajo con un sonido que venía de la ventana. Un gato rasgada el vidrio intentando entrar.
Miró el monitor. El cursor seguía titilando en el mismo lugar. La hoja en blanco. Nada se le ocurría y comenzó a sentir que el fin de su carrera se aproximaba.
Sorpresivamente recordó que en el altillo aún guardaba algunos recuerdos de aquel taller de escritura al que sus padres lo habían obligado a ir cuando era un niño.
Fue tras ellos. Buscó la llave, subió la escalera saltando de a 3 o 4 escalones. El altillo estaba oscuro, pero alcanzó a ver la caja de zapatos donde había guardado esas herramientas.
La abrió y tomó el dixit. Seguro que con eso iba a poder empezar a escribir su novela.