3 de octubre de 2012


Dudaba. Daba vueltas y hacía girar la silla. Pensaba que después de esos círculos, de la velocidad y del mareo, algo le aparecería frente a sus ojos milagrosamente.
De pronto se detuvo. Sus pies rozaron el piso. Sintió un escalofrío. Caminó hasta la mesa de luz y se puso un par de medias.
Volvió al escritorio silbando un viejo tema que había escuchado esa mañana en la radio. Al sentarse de nuevo, se distrajo con un sonido que venía de la ventana. Un gato rasgada el vidrio intentando entrar.
Miró el monitor. El cursor seguía titilando en el mismo lugar. La hoja en blanco. Nada se le ocurría y comenzó a sentir que el fin de su carrera se aproximaba.
Sorpresivamente recordó que en el altillo aún guardaba algunos recuerdos de aquel taller de escritura al que sus padres lo habían obligado a ir cuando era un niño.
Fue tras ellos. Buscó la llave, subió la escalera saltando de a 3 o 4 escalones. El altillo estaba oscuro, pero alcanzó a ver la caja de zapatos donde había guardado esas herramientas.
La abrió y tomó el dixit. Seguro que con eso iba a poder empezar a escribir su novela. 

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