25 de febrero de 2013

Tu ausencia


Intento dejar que el día me sorprenda, que algo bueno me ocurra.
Que me guíe desde los hombros, suave pero con firmeza.
Descubrirme confiada, tranquila.
Redacto diálogos, imagino escenas,  invento finales felices para una historia que no pudo ser.
Trato de poner en palabras aquello que siento, pero me quedo a mitad de camino.
Te busco, y no te encuentro.
Te escribo, y no respondes.
 Te pienso, y tu ausencia continúa.
No nos llevamos tan mal, mi soledad y yo; pero cuánta falta nos hacés!
Cada mañana, al despertar, un vacío nos inunda.
Una noticia en el diario, una canción, alguna conversación que escuchamos en el trayecto al trabajo.
Todo te trae un poco acá, pero nada te devuelve.
Recuerdo tus ojos, protagonistas de una mirada dulce pero intensa.
 Tu sonrisa, totalmente irresistible.
 Tus besos….ahhh, qué decir de tus besos?
 Cada rincón de mi cuerpo se estremecía tan solo con pensarte.
Y ahora estás tan distante!
Duele recordarte, angustia sentirte lejos, pero mata saberte indiferente.   

15 de enero de 2013


Mi cuerpo frágil se acurruca en un oscuro rincón.
Los pequeños y débiles rayos de luz intentan alcanzarme.
Me escabullo, me silencio, casi ni respiro.
La soledad de la habitación me aplasta, me hunde, y siento miedo.
Todo puede pasar. Cualquier suceso puede ponerme en peligro.
De pronto, la cortina cae pesada sobre el piso de parquet.
El sol inunda todo a mi alrededor.
Siento un tibio calor, un cosquilleo.
Te veo. Sonrío.
Estás ahí, del otro lado de la ventana; observándome, deseándome.
Extendés tu mano y lentamente salgo de mí.
Camino hacia donde estás y tus brazos me rodean.
Ya no siento temor.
Creo que estoy allí; donde siempre quise.

9 de noviembre de 2012

Un comienzo violento

Fede estaba hacía más de tres horas en el bar de la esquina de la casa de su hermano tomando cerveza y hablando con el peruano de la caja. Estaba cansado, pero también ansioso. Sabía que tenía que volver a su casa porque Nati lo estaba esperando para cenar, pero no podía, no justo en ese momento.
Santiago llegó transpirado, pero con una sonrisa. Se sentó en la mesa y pidió otra cerveza. Mientras Fede empezaba a preguntarle si había hablado con el Turco y conseguido de la "rica", su hermano le tiró sobre la mesa tres pedacitos de papel metalizado. Fede los agarró y se fue al baño del fondo casi corriendo.
No había nadie, pero si hubiese habido alguien, no le hubiera importado. Secó la mesada de mármol con la manga del saco y abrió uno a uno, con mucha precisión, los sobres de merca. Se miró al espejo y se sonrió. Hasta se guiñó un ojo a sí mismo en forma cómplice. Sentía tanta excitación en todo su cuerpo que movía los pies casi involuntariamente. Extendió todo en la mesada prolijamente y con la credencial de la obra social peinó los tres tiros que iba a tomarse. Los aspiró muy concentrado y con tanta voracidad, que sólo al  subir la cabeza notó que había un viejo mirándolo. Lo ignoró y pasó su dedo índice por el mármol y luego lo frotó en sus encías.
Volvió a la mesa.
- Es riquísima, Santi. El Turco se pasó. Llamalo y decile que nos traiga más. Este finde la pudrimos, nene!
- Pará boludo. Me dijiste que te ibas a cenar a tu casa. Yo arreglé con Andre que la llevaba al cine.
- Cena? Como si fuera a tener hambre?!?! Apago el celu y listo. Mañana aparezco con un regalo y Nati se olvida de todo. Dale gordo, llamalo al Turco.

3 de noviembre de 2012

El pequeño solitario

Rodrigo tiene 5 años, el pelo oscuro y roñoso, los ojos color café con una mirada triste. Tiene puesta una remerita roja con agujeros en las axilas y un pantalón que le queda corto y apretado. Sus manos negras llenas de mugre, al igual que sus pequeños pies descalzos sobre el pasillo atiborrado de gente en el segundo vagón de la línea E. Son las 18.30hs de un lunes frío en el julio porteño.
Rodrigo tiene 5 años y camina con su pequeño cuerpo entre los pasajeros. Les estira su mano e intenta regalarles un saludo canchero. A veces incluso, acerca su cara esperando un beso que casi nunca recibe. Trata de forzar una sonrisa, pero el cansancio de la jornada no se lo permite.
Rodrigo tiene 5 años y en el subte parece invisible. Los hombres y mujeres grises que vuelven a sus hogares, viajan como zombies. Hundidos en las páginas de un libro, perdidos en la música a todo volumen en sus grandes auriculares, inmersos en reparadoras siestas o estupidizados con sus celulares. Muchos, regresan pensando en el contenido de sus alacenas y heladeras para poder picar algo y aguantar hasta la cena.
Rodrigo tiene 5 años y sabe que a las 23hs., cuando se cierren las rejas de las salidas, va a tener que buscar un rincón donde esconderse del frío. Sus pies que pocas veces sintieron el calor de un par de medias, van a congelarse pateando las calles vacías. Supone que, como muchas otras noches, los dos viejos que duermen en la escalinata de la iglesia de Independencia y Tacuarí, lo van a dejar acurrucarse bajo una frazada vieja.
Rodrigo tiene 5 años y nunca fue al jardín. Conoce a pocos chicos de su edad, con los que habló un par de veces en el subte, mientras vendían hebillas o tarjetitas. A su papá no lo conoció y su mamá se murió el año pasado mientras fumaba paco en la calle. No sabe bien que fue lo que pasó. Recuerda que ella había empezado a toser y de pronto se detuvo. Lloró un rato a su lado pero no le respondía. Después pasaron unos pibes que les robaron el carro con el que cartoneaban y a partir de ahí se quedó solo.
Rodrigo tiene 5 años y no sabe a donde ir. Nadie lo busca, por eso nadie lo encuentra. A veces fantasea con tener una casa, un perro y a su mamá con él. Muchas noches al cerrar los ojos desea despertarse en un lugar calentito y que alguien le lleve un desayuno a su cama. Otras tantas, al dormirse, desea no despertarse nunca más.

3 de octubre de 2012

El solitario

Estaba sentada del lado de la ventanilla, pero no sabía bien para donde mirar. El viejo estaba casi encima mío. Su aliento, profundamente desagradable.
No hacía falta que me dirigiera la palabra o que entornase la boca, con el sólo hecho de respirar me llegaba. Era ácido, penetrante.
Su hombro rozaba el mío con bastante sutileza. Su rodilla derecha se agitaba fuerte y persistente. Tenía las dos manos apoyadas sobre sus piernas, como intentando detener el movimiento.
En ese instante sentí un poco de lástima, o culpa, o una mezcla de ambas.
El viejo trataba de frenar ese zapateo esquizofrénico, y pobre...no lo lograba.
Lo miré de costadito. Sus ojos muy claros, casi nublados por una catarata y húmedos, como si estuviesen al borde del llanto.
Me imaginé que vivía solo, que hacía días que se conformaba con una sopa o un mate cocido y un pedazo de pan duro.  Lo visualicé sentado en un sillón, esperando, en silencio con la mirada fija en un teléfono completamente enmudecido.
De pronto estiró su brazo y pude ver su mano arrugada, llena de manchas, con uñas largas y un poco sucias.
Tocó el timbre, se levantó torpemente y empujando a quienes le obstruían el paso, logró bajar del colectivo.
Yo, para ese momento, ya me había olvidado el aroma de su aliento y el temblequeo de sus piernas. Yo, en ese momento, sólo quería darle un abrazo y decirle que pese a todo, no estaba solo.

Dudaba. Daba vueltas y hacía girar la silla. Pensaba que después de esos círculos, de la velocidad y del mareo, algo le aparecería frente a sus ojos milagrosamente.
De pronto se detuvo. Sus pies rozaron el piso. Sintió un escalofrío. Caminó hasta la mesa de luz y se puso un par de medias.
Volvió al escritorio silbando un viejo tema que había escuchado esa mañana en la radio. Al sentarse de nuevo, se distrajo con un sonido que venía de la ventana. Un gato rasgada el vidrio intentando entrar.
Miró el monitor. El cursor seguía titilando en el mismo lugar. La hoja en blanco. Nada se le ocurría y comenzó a sentir que el fin de su carrera se aproximaba.
Sorpresivamente recordó que en el altillo aún guardaba algunos recuerdos de aquel taller de escritura al que sus padres lo habían obligado a ir cuando era un niño.
Fue tras ellos. Buscó la llave, subió la escalera saltando de a 3 o 4 escalones. El altillo estaba oscuro, pero alcanzó a ver la caja de zapatos donde había guardado esas herramientas.
La abrió y tomó el dixit. Seguro que con eso iba a poder empezar a escribir su novela. 

22 de septiembre de 2012

Tormenta

Jueves. 2am. Leandro dormía enroscado en una sábana finita en su pequeña cama de una plaza. Se había ido a dormir después de cenar, con el ventilador de techo encendido y la ventana semi abierta. Hacía muchísimo calor, seguramente más de 35°. Una botella de agua mineral sin tapa y casi terminada, estaba al alcance su su mano en la mesa de luz.
Entre sus sueños, oyó un fuerte estruendo. Se sobresaltó y abrió los ojos. La oscuridad de la noche se había transformado en un cielo medio anaranjado con remolinos de viento que azotaban su persiana de chapa.
Se asomó por la ventana y se dio cuenta que había empezado a llover. Había muchísimos relámpagos. Sería una linda madrugada eléctrica.
Cerró un poco la ventana para que no se le mojaran los libros que tenía sobre la mesa y se sintió desvelado.
En la cocina preparó unos mates y prendió la radio. La señal era deficiente, así que decidió poner un cd de una banda metalera que le gustaba mucho y se sentó a disfrutar el espectáculo de luces que vería desde su ventana, mientras disfrutaba unos amargos.
Al cabo de unos quince minutos, la lluvia se hizo mucho más intensa. Los relámpagos se alternaban con truenos que más de una vez lo hicieron saltar de su silla.
De pronto se descubrió hablando en voz alta: "si sigue así, se va a caer el cielo". Cuando volvió del brevísimo pestañeo notó algo distinto en el paisaje.
Asomó la mitad de su cuerpo por la ventana y al mirar hacia arriba vio que ya no había luna, ni nubes, ni estrellas, ni lluvia, sino una gran inmensidad...
Como si su pensamiento hubiese cobrado vida, el cielo se había caído y se había llevado con él todas las constelaciones que lo adornaban.