Mi habitación en el primer piso, tenía balcón hacia el mar Jónico. Me senté a contemplar el amanecer, todo era increíble, casi perfecto.
Bajé
a desayunar al restaurant del hotel, donde me encontré a Mario y Federico.
Dueño del hotel y su hijo, quienes me trataron muy bien desde el momento en que
llegué. Incluso, ellos me habían gestionado que a las 10 de la mañana alguien
pasara por mí, para llevarme a conocer el pueblo.
Amendolara
tenía dos partes. Amendolara marina y montagna (o paese). El hotel estaba sobre
la ruta, casi al final de la parte Marina. El Paese quedaba a unos 4 km. hacia
arriba y no había ni taxis, ni colectivos que pudieran llevarme.
Por
eso, a las 10 en punto, un auto pasó a buscarme. Pietro, hermano del
intendente, iba a ser mi guía durante el recorrido.
Ni
bien subí al auto, noté su mirada libidinosa, al compás de una incómoda pregunta:
¿Cómo puede ser que una chica tan linda está viajando sola? En ese momento me
di cuenta que mi día iba a ser un infierno, pero tenía que resistir, aprovechar
el paseo, conocer todo lo que pudiese, ser educada y agradecida.
Pietro,
tenía alrededor de 40 años y era un verdadero mamonni. Antes de empezar el
recorrido, me llevó a un bar frente a la estación de tren. Allí, estaban todos
sus amigos, tomamos un ristretto en la barra, mientras se pavoneaba mostrándome
como un trofeo. Eso me incomodó un poco, pero rápidamente entendí no sólo la
naturaleza masculina, sino también la dinámica de un pueblo en mitad de la nada.
Mi
italiano no era excelente, pero ya cargaba sobre mis hombros casi un mes recorriendo
Italia, con lo cual lograba
desenvolverme bastante bien. Mi nombre se había transformado sencillamente en
María desde que había pisado Milano. Era mucho más fácil para todos.
Volvimos
al auto, y llegamos al pueblo, sobre la montaña. Las calles empedradas, casi no
tenían vereda. La mayoría de las casas eran de ladrillo, o pintadas de blanco
con escaleras y barandas de metal negras que guiaban hasta la puerta, que en la
mayoría de los casos estaba un poco elevada.
De
pronto, como por casualidad, nos encontramos con el hermano de Pietro, o sea
con el Síndaco del pueblo. Nos explicó que el Monasterio estaba cerrado porque
estaban haciendo ciertas refacciones, pero que por mí haría una excepción, y
nos facilitó las llaves con la consigna de no demorar demasiado.
Entramos
y se notaba claramente que estaban remodelando o haciendo algo ahí. Aunque ni
las iglesias ni los monasterios fueran algo que particularmente me emocionara,
en ese momento me sentí dentro de aquellas historias que el abuelo me contaba,
y eso lo hacía especial.
Luego,
caminamos por las pequeñas callecitas hasta la iglesia de Santa Margherita.
Ahí, estaban preparando un casamiento, todo lleno de flores y hasta el coro
estaba ensayando. Seguimos caminando, y nos detuvimos en la capilla que siempre
veía en el cuadro que el abuelo tenía colgado en el living de su departamento.
Esa imagen que prometió que sería mía cuando él ya no pudiese verla ni
disfrutarla.
Al
costado de la iglesia, un balcón natural desde donde podía verse todo un valle,
la montaña y el mar, tal como Giuseppino lo había descripto miles de veces.
Después
de pasear a pie por el pueblo, saludar gente y sentirme como en casa, volvimos
al auto y Pietro me dijo que me iba a llevar a conocer Oriolo, el pueblo de su
madre que estaba muy cerca.
Antes
de llegar, pasamos por una especie de parque nacional, en el medio de las
montañas, no había absolutamente nadie. En la ruta, Pietro ponía música a todo
volumen y me contaba historias de su época de dj en Ibiza. Por unos minutos me
sentí en una película de terror. Hasta temí que como nadie sabía de mi
existencia allí, podía llegar a abusar de mí, descuartizarme y fin de la
historia. Pero rápidamente mi paranoia cedió ante el paisaje y me dejé llevar.
Llegamos
a Oriolo, un pueblo del mismo estilo que Amendolara, aunque más laberíntico. En
la iglesia, otro casamiento. No entendía porque tanta gente cometía esa locura,
tal vez era una señal, un recordatorio, o simplemente algo que aparecía frente
a mis ojos para que yo reflexionara un poco sobre mi historia.
Allí
conocimos también una especie de palacio/museo donde el Mamonni inventó una
historia acerca de que estábamos casados, vivíamos en Argentina y que estábamos
recorriendo los pueblos de nuestros antepasados. Stronzo! Por suerte, la mujer
lo reconoció, aceptamos la verdad, pero de todos modos no nos dejaron pagar la
entrada y me saqué fotos en cada rincón como si fuera mi casa y no un museo.
En
el camino de regreso, nos detuvimos en otro bar, donde Pietro también tenía
amigos y nos tomamos un aperitivo sin alcohol que venía en una simpática
botellita de vidrio.
Volvimos
a Amendolara y disfruté de un típico pranzo italiano en la casa de María, la
responsable del mamonni. Fue imposible explicar que era vegetariana o que
simplemente no comía demasiado. Tuve que probar el antipasto, compuesto por
papas fritas, salamín, queso, pan y pizza, comer todo mi plato de pasta con
cozze (que no me gustaba!) y dejar la mitad del plato principal que era un bife
con peperoncino. Tampoco pude evitar la pera de postre, el ristretto e i dolci.
Cuando
pensé que había logrado sortear con gran destreza todos los obstáculos que un
hombre desesperado había puesto incansablemente en el camino, descubrí que
estaba sentada en el living de esa casa típicamente italiana sola con María,
charlando casi fluidamente en italiano.
De
pronto, la voz de Pietro llamándome llegó desde la primer planta. Miré a su
madre desconcertada que me dijo con total naturalidad que si su hijo me llamaba
debía subir.
Llegué
al descanso de la escalera y me detuve. La voz del mamonni salía de la primer
puerta. Entré. Allí, me esperaba una gran habitación, con un gran lcd, un
pequeño y antiguo armario, un cuadro de Pietro cuando era chico con su padre y
un perro, un poster de Bruce Lee, otro de una chica en traje de baño y uno que
no recuerdo si era de futbol o de automovilismo.
Pero
aún faltaba más para que esa escena fuera sacada de una película de los años 50
en el sur de Italia. Pietro se había tirado en su cama diminuta con el control
remoto en la mano, y creyendo tal vez que resultaba sexy, me preguntaba si me
gustaba su habitación.
Me
dirigí al balcón que estaba abierto de par en par y por donde entraba un cálido
sol, como intentando escapar de aquella situación, pero sin correr despavorida
para no ser del todo grosera. Se acercó a mí y antes de que diese el zarpazo,
le pedí que me llevara al hotel ya que estaba muy cansada y quería dormir una
siesta.
Accedió
a regañadientes pero me ofreció buscarme en la noche para ir a cenar. Le
expliqué que por la tarde iría a visitar a Pepe (primo de mi abuelo) y que no
sabía si cenaría con él y su esposa.
Me
despedí de su madre y le agradecí por la comida y el hecho de haberme abierto
las puertas de su casa tan cariñosamente. En el camino hacia el hotel, Pietro
me pidió que lo acompañase a otro lado.
Se
detuvo en una pequeña casa, estilo quinta, en medio de la nada. Me explicó que
allí tenía a su perro, un labrador negro que su madre no quería cuidar, y que
entonces él lo visitaba ahí varias veces al día. De nuevo temí por mi vida.
Claramente era una variante del bulo porteño, pero notó mi incomodidad, con lo
cual agarró al perro y anduvimos con él un rato por el camino.
En
esa caminata, me pidió que hablásemos claramente; pero, si por lo general es
algo difícil de encarar, imagínense lo que cuesta hacerlo en otro idioma. Me
preguntó porqué yo no quería darle una oportunidad, si era que no me había
sucedido eso que habitualmente se conocía como “amor a primera vista”. Le
expliqué, como pude, luego de echar una puteada en argento al aire, que tal vez
era un poco eso y para reforzar la idea le inventé una supuesta historia que me
esperaba en Buenos Aires. Quise ser sutil, educada, pero casi que me arrastró a
convertirme en una persona cruel y desalmada.
Después
de un rato, pensé que lo había entendido y, previo error de darle mi número de
teléfono ante su pedido, me dejó en el hotel.
Ciertamente,
llegué y dormí una siesta. Pero estaba muy ansiosa por visitar a Pepe y Elda,
antes de irme de aquel maravilloso pueblo.
Al
llegar a la casa de los Palermo. Pude ver que estaban sentados en el balcón
jugando a las cartas. Me recibieron con una sonrisa y una abrazo afectuoso.
Tomamos café, comimos unas galletitas dulces, miramos fotos y escuché miles de
historias que me enternecían de punta a punta. Me contó anécdotas de su vida,
de la familia y sobre todo, me habló del mes que mi abuelo se había alojado en
su casa, y de todas las cosas que habían compartido. Se notaba cuanto se
querían y cuanto se extrañaban.
Anocheció
y sentí que era momento de irme. Pepe estaba muy cansado. Por lo general pasaba
el día entero en la cama y estos, habían sido días muy intensos.
Cuando
nos saludamos, nos fundimos en un abrazo que no pudo terminar de otra manera
que con lágrimas. No era tristeza, tal vez simplemente un poco de melancolía.
Esa melancolía que siempre noté en los ojos de mi abuelo, ese desarraigo
sentido, ese extrañar, añorar, querer volver al origen.
Volví
al hotel caminando lentamente. Me senté un largo rato en la playa, dejando que
la brisa secara mis lágrimas. La luna iluminaba todo, era un espectáculo
indescriptible. Pensaba en Giuseppino y me preguntaba dónde estaría realmente
en ese momento. ¿Estaría en esa fría sala de terapia intensiva donde cuatro
sábados atrás me había despedido de su cuerpo inconsciente? O ¿estaba allí,
conmigo, sentado sobre las rocas de las playas que lo vieron crecer?
Yo, preferí pensar que estaba ahí. Que me había acompañado durante todo mi viaje por su país, y que ahí se quedaba. Mi viaje no terminaba en Amendolara, pero sentí que el suyo sí, y aún con toda la tristeza por temer no verlo más, estaba satisfecha. De algún modo, lo había devuelto a su lugar.
Yo, preferí pensar que estaba ahí. Que me había acompañado durante todo mi viaje por su país, y que ahí se quedaba. Mi viaje no terminaba en Amendolara, pero sentí que el suyo sí, y aún con toda la tristeza por temer no verlo más, estaba satisfecha. De algún modo, lo había devuelto a su lugar.
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