23 de junio de 2012

Sábado 1° de octubre de 2011: Un giorno típicamente italiano.

                Me desperté a las 7am sin necesidad de despertador.  La cama gigante del Hotel Grillo de 4 estrellas en Amendolara, Calabria, me devolvió un cuerpo descansado y listo para un día que prometía ser muy emotivo.

                Mi habitación en el primer piso, tenía balcón hacia el mar Jónico. Me senté a contemplar el amanecer, todo era increíble, casi perfecto.
                Bajé a desayunar al restaurant del hotel, donde me encontré a Mario y Federico. Dueño del hotel y su hijo, quienes me trataron muy bien desde el momento en que llegué. Incluso, ellos me habían gestionado que a las 10 de la mañana alguien pasara por mí, para llevarme a conocer el pueblo.
                Amendolara tenía dos partes. Amendolara marina y montagna (o paese). El hotel estaba sobre la ruta, casi al final de la parte Marina. El Paese quedaba a unos 4 km. hacia arriba y no había ni taxis, ni colectivos que pudieran llevarme.
                Por eso, a las 10 en punto, un auto pasó a buscarme. Pietro, hermano del intendente, iba a ser mi guía durante el recorrido.
                Ni bien subí al auto, noté su mirada libidinosa, al compás de una incómoda pregunta: ¿Cómo puede ser que una chica tan linda está viajando sola? En ese momento me di cuenta que mi día iba a ser un infierno, pero tenía que resistir, aprovechar el paseo, conocer todo lo que pudiese, ser educada y agradecida.
                Pietro, tenía alrededor de 40 años y era un verdadero mamonni. Antes de empezar el recorrido, me llevó a un bar frente a la estación de tren. Allí, estaban todos sus amigos, tomamos un ristretto en la barra, mientras se pavoneaba mostrándome como un trofeo. Eso me incomodó un poco, pero rápidamente entendí no sólo la naturaleza masculina, sino también la dinámica de un pueblo en mitad de la nada.
                Mi italiano no era excelente, pero ya cargaba sobre mis hombros casi un mes recorriendo  Italia, con lo cual lograba desenvolverme bastante bien. Mi nombre se había transformado sencillamente en María desde que había pisado Milano. Era mucho más fácil para todos.
                Volvimos al auto, y llegamos al pueblo, sobre la montaña. Las calles empedradas, casi no tenían vereda. La mayoría de las casas eran de ladrillo, o pintadas de blanco con escaleras y barandas de metal negras que guiaban hasta la puerta, que en la mayoría de los casos estaba un poco elevada.
                De pronto, como por casualidad, nos encontramos con el hermano de Pietro, o sea con el Síndaco del pueblo. Nos explicó que el Monasterio estaba cerrado porque estaban haciendo ciertas refacciones, pero que por mí haría una excepción, y nos facilitó las llaves con la consigna de no demorar demasiado.
                Entramos y se notaba claramente que estaban remodelando o haciendo algo ahí. Aunque ni las iglesias ni los monasterios fueran algo que particularmente me emocionara, en ese momento me sentí dentro de aquellas historias que el abuelo me contaba, y eso lo hacía especial.
                Luego, caminamos por las pequeñas callecitas hasta la iglesia de Santa Margherita. Ahí, estaban preparando un casamiento, todo lleno de flores y hasta el coro estaba ensayando. Seguimos caminando, y nos detuvimos en la capilla que siempre veía en el cuadro que el abuelo tenía colgado en el living de su departamento. Esa imagen que prometió que sería mía cuando él ya no pudiese verla ni disfrutarla.
                Al costado de la iglesia, un balcón natural desde donde podía verse todo un valle, la montaña y el mar, tal como Giuseppino lo había descripto miles de veces.
                Después de pasear a pie por el pueblo, saludar gente y sentirme como en casa, volvimos al auto y Pietro me dijo que me iba a llevar a conocer Oriolo, el pueblo de su madre que estaba muy cerca.
                Antes de llegar, pasamos por una especie de parque nacional, en el medio de las montañas, no había absolutamente nadie. En la ruta, Pietro ponía música a todo volumen y me contaba historias de su época de dj en Ibiza. Por unos minutos me sentí en una película de terror. Hasta temí que como nadie sabía de mi existencia allí, podía llegar a abusar de mí, descuartizarme y fin de la historia. Pero rápidamente mi paranoia cedió ante el paisaje y me dejé llevar.
                Llegamos a Oriolo, un pueblo del mismo estilo que Amendolara, aunque más laberíntico. En la iglesia, otro casamiento. No entendía porque tanta gente cometía esa locura, tal vez era una señal, un recordatorio, o simplemente algo que aparecía frente a mis ojos para que yo reflexionara un poco sobre mi historia.
                Allí conocimos también una especie de palacio/museo donde el Mamonni inventó una historia acerca de que estábamos casados, vivíamos en Argentina y que estábamos recorriendo los pueblos de nuestros antepasados. Stronzo! Por suerte, la mujer lo reconoció, aceptamos la verdad, pero de todos modos no nos dejaron pagar la entrada y me saqué fotos en cada rincón como si fuera mi casa y no un museo.
                En el camino de regreso, nos detuvimos en otro bar, donde Pietro también tenía amigos y nos tomamos un aperitivo sin alcohol que venía en una simpática botellita de vidrio.
                Volvimos a Amendolara y disfruté de un típico pranzo italiano en la casa de María, la responsable del mamonni. Fue imposible explicar que era vegetariana o que simplemente no comía demasiado. Tuve que probar el antipasto, compuesto por papas fritas, salamín, queso, pan y pizza, comer todo mi plato de pasta con cozze (que no me gustaba!) y dejar la mitad del plato principal que era un bife con peperoncino. Tampoco pude evitar la pera de postre, el ristretto e i dolci.
                Cuando pensé que había logrado sortear con gran destreza todos los obstáculos que un hombre desesperado había puesto incansablemente en el camino, descubrí que estaba sentada en el living de esa casa típicamente italiana sola con María, charlando casi fluidamente en italiano.
                De pronto, la voz de Pietro llamándome llegó desde la primer planta. Miré a su madre desconcertada que me dijo con total naturalidad que si su hijo me llamaba debía subir.
                Llegué al descanso de la escalera y me detuve. La voz del mamonni salía de la primer puerta. Entré. Allí, me esperaba una gran habitación, con un gran lcd, un pequeño y antiguo armario, un cuadro de Pietro cuando era chico con su padre y un perro, un poster de Bruce Lee, otro de una chica en traje de baño y uno que no recuerdo si era de futbol o de automovilismo.
                Pero aún faltaba más para que esa escena fuera sacada de una película de los años 50 en el sur de Italia. Pietro se había tirado en su cama diminuta con el control remoto en la mano, y creyendo tal vez que resultaba sexy, me preguntaba si me gustaba su habitación.
                Me dirigí al balcón que estaba abierto de par en par y por donde entraba un cálido sol, como intentando escapar de aquella situación, pero sin correr despavorida para no ser del todo grosera. Se acercó a mí y antes de que diese el zarpazo, le pedí que me llevara al hotel ya que estaba muy cansada y quería dormir una siesta.
                Accedió a regañadientes pero me ofreció buscarme en la noche para ir a cenar. Le expliqué que por la tarde iría a visitar a Pepe (primo de mi abuelo) y que no sabía si cenaría con él y su esposa.
                Me despedí de su madre y le agradecí por la comida y el hecho de haberme abierto las puertas de su casa tan cariñosamente. En el camino hacia el hotel, Pietro me pidió que lo acompañase a otro lado.
                Se detuvo en una pequeña casa, estilo quinta, en medio de la nada. Me explicó que allí tenía a su perro, un labrador negro que su madre no quería cuidar, y que entonces él lo visitaba ahí varias veces al día. De nuevo temí por mi vida. Claramente era una variante del bulo porteño, pero notó mi incomodidad, con lo cual agarró al perro y anduvimos con él un rato por el camino.
                En esa caminata, me pidió que hablásemos claramente; pero, si por lo general es algo difícil de encarar, imagínense lo que cuesta hacerlo en otro idioma. Me preguntó porqué yo no quería darle una oportunidad, si era que no me había sucedido eso que habitualmente se conocía como “amor a primera vista”. Le expliqué, como pude, luego de echar una puteada en argento al aire, que tal vez era un poco eso y para reforzar la idea le inventé una supuesta historia que me esperaba en Buenos Aires. Quise ser sutil, educada, pero casi que me arrastró a convertirme en una persona cruel y desalmada.
                Después de un rato, pensé que lo había entendido y, previo error de darle mi número de teléfono ante su pedido, me dejó en el hotel.
                Ciertamente, llegué y dormí una siesta. Pero estaba muy ansiosa por visitar a Pepe y Elda, antes de irme de aquel maravilloso pueblo.
                Al llegar a la casa de los Palermo. Pude ver que estaban sentados en el balcón jugando a las cartas. Me recibieron con una sonrisa y una abrazo afectuoso. Tomamos café, comimos unas galletitas dulces, miramos fotos y escuché miles de historias que me enternecían de punta a punta. Me contó anécdotas de su vida, de la familia y sobre todo, me habló del mes que mi abuelo se había alojado en su casa, y de todas las cosas que habían compartido. Se notaba cuanto se querían y cuanto se extrañaban.
                Anocheció y sentí que era momento de irme. Pepe estaba muy cansado. Por lo general pasaba el día entero en la cama y estos, habían sido días muy intensos.
                Cuando nos saludamos, nos fundimos en un abrazo que no pudo terminar de otra manera que con lágrimas. No era tristeza, tal vez simplemente un poco de melancolía. Esa melancolía que siempre noté en los ojos de mi abuelo, ese desarraigo sentido, ese extrañar, añorar, querer volver al origen.
                Volví al hotel caminando lentamente. Me senté un largo rato en la playa, dejando que la brisa secara mis lágrimas. La luna iluminaba todo, era un espectáculo indescriptible. Pensaba en Giuseppino y me preguntaba dónde estaría realmente en ese momento. ¿Estaría en esa fría sala de terapia intensiva donde cuatro sábados atrás me había despedido de su cuerpo inconsciente? O ¿estaba allí, conmigo, sentado sobre las rocas de las playas que lo vieron crecer?
                 Yo, preferí pensar que estaba ahí. Que me había acompañado durante todo mi viaje por su país, y que ahí se quedaba. Mi viaje no terminaba en Amendolara, pero sentí que el suyo sí, y aún con toda la tristeza por temer no verlo más, estaba satisfecha. De algún modo, lo había devuelto a su lugar. 

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