Era de noche, pero yo no me podía
dormir. Decidí salir a dar unas vueltas y tomar algo. Cerca de casa había un
bar al que nunca había ido, pero me daba curiosidad. Siempre veía gente un poco
extraña.
Llegué a la puerta y entré. Había
bastante gente. Caminé entre las mesas hasta la barra y me pedí un campari. Al
lado mío, un hombre con rostro sombrío y preocupado revolvía con el dedo índice
su whisky on the rocks.
Intentando no ser grosera lo miré
de reojo y noté que debajo del sobretodo, tenía un traje a rayas y unas
zapatillas deportivas. Sonreí sin proponérmelo y él lo notó. Me clavó unos ojos
desafiantes y cuando pensé que iba a insultarme, me dijo: “Sí, soy algo raro,
pero no tanto”.
Empezamos a charlar y sus
facciones se fueron aflojando de a poco. Me contó que era dueño de una empresa
de calzado y que acababa de salir de una reunión muy importante con
inversionistas extranjeros.
Su intención había sido, exhibir
delante de todos ellos, las cualidades del nuevo lanzamiento, pero a los
japoneses, no les había gustado que entrara corriendo a la sala de reuniones y
que explicara todo saltando en una pequeña cama elástica.
A mí, que siempre había trabajado
en la juguetería de mi abuelo, su historia me pareció muy divertida.
Nos invitamos mutuamente un par
más de tragos, hasta que nos dieron unas irresistibles ganas de trotar.
Salimos del bar y después de una
caminata rápida para entrar en calor, llegamos al Rosedal, donde corrimos y nos
reímos a carcajadas hasta que amaneció.
Nos acostamos en el paso a
descansar y nos hundimos en un cálido sueño gracias a los rayos del sol.
No sé cuánto tiempo pasó, pero al
abrir los ojos, sólo tenía al lado mío, un par de zapatillas, una flor y una
nota con un número de telefóno.
Agarré todo, me sacudí los restos
de pasto que se me habían pegado en la ropa y me fui silbando “blue moon”
mientras daba unos saltitos al estilo Fred Astaire.
No hay comentarios:
Publicar un comentario