27 de junio de 2012

Blue moon


Era de noche, pero yo no me podía dormir. Decidí salir a dar unas vueltas y tomar algo. Cerca de casa había un bar al que nunca había ido, pero me daba curiosidad. Siempre veía gente un poco extraña.
Llegué a la puerta y entré. Había bastante gente. Caminé entre las mesas hasta la barra y me pedí un campari. Al lado mío, un hombre con rostro sombrío y preocupado revolvía con el dedo índice su whisky on the rocks.
Intentando no ser grosera lo miré de reojo y noté que debajo del sobretodo, tenía un traje a rayas y unas zapatillas deportivas. Sonreí sin proponérmelo y él lo notó. Me clavó unos ojos desafiantes y cuando pensé que iba a insultarme, me dijo: “Sí, soy algo raro, pero no tanto”.
Empezamos a charlar y sus facciones se fueron aflojando de a poco. Me contó que era dueño de una empresa de calzado y que acababa de salir de una reunión muy importante con inversionistas extranjeros.
Su intención había sido, exhibir delante de todos ellos, las cualidades del nuevo lanzamiento, pero a los japoneses, no les había gustado que entrara corriendo a la sala de reuniones y que explicara todo saltando en una pequeña cama elástica.
A mí, que siempre había trabajado en la juguetería de mi abuelo, su historia me pareció muy divertida.
Nos invitamos mutuamente un par más de tragos, hasta que nos dieron unas irresistibles ganas de trotar.
Salimos del bar y después de una caminata rápida para entrar en calor, llegamos al Rosedal, donde corrimos y nos reímos a carcajadas hasta que amaneció.
Nos acostamos en el paso a descansar y nos hundimos en un cálido sueño gracias a los rayos del sol.
No sé cuánto tiempo pasó, pero al abrir los ojos, sólo tenía al lado mío, un par de zapatillas, una flor y una nota con un número de telefóno.
Agarré todo, me sacudí los restos de pasto que se me habían pegado en la ropa y me fui silbando “blue moon” mientras daba unos saltitos al estilo Fred Astaire.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario